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Mi formula secreta

Llegando a los cielos con los pies en la maceta, yo también tengo mi fórmula secreta. La Cocacola siempre es igual, yo a veces tampoco puedo cambiar. Ya no quiero más tener buena suerte, abrázame fuerte y hazme volar, hazme reír, hazme llorar. Reír y llorar. Eso decía Kiko Veneno.

Como las cosas malas de esta vida provienen siempre del cielo, he guardado mi fórmula secreta en lugar seguro. Pasé muchos años buscándola, pidiendo subvenciones al Estado y los amigos y contando a todos que seguía con ello, que estaba experimentando con todo tipo de mecheros de colores y que eran siempre colores lisos, pues, en los comienzos, utilizaba también los de dibujitos, pero me despistaba con las flores, las manchas de vaca, las de cebra, las letras de direcciones de bancos y estancos, los teléfonos de bares a los que llamaba y nadie me conocía, lo que era extraño, porque ¿quién da su número de teléfono a un desconocido?, etcétera. Explicaba que por eso comencé a usar solamente mecheros lisos, verdes, rojos, azules, amarillos y, en su defecto, blancos y que, sin embargo, al cabo de meses y meses de investigación científica, planteando el problema, muy relevante, por cierto, aunque con claras dificultades de resolución; revisando libros y más libros, archivos, formulando hipótesis, de las de generalizar, que si no, ¿para qué andaba yo echándole tantas horas a los vientos?; comprando un recogedor nuevo para barrer los datos que fuesen saliendo en forma de variables, muestra, diseño…; analizando datos para, posteriormente, contrastar; extrayendo las conclusiones. Al cabo de unos meses, decía, me di cuenta de que hasta el último paso todo iba siempre bien, excepto una explosión de nada que no se debe mezclar nunca un ácido con una base lo sabe todo el mundo, pero también todos sabemos que el tabaco mata y, como nos produce gran placer transgredir, fumamos, llagas por las quemaduras en los dedos y alguna que otra cosilla, todo iba siempre viento en popa (o en proa si quieres dar marcha atrás), pero que llegando a las conclusiones todo se iba al carajo. ¿El trabajo de un mes o dos? Al carajo. ¿El dinero pedido a los amigos para subsistir ese tiempo? Al carajo. ¿Mi relación sentimental, con otra par aburrida de no tener a nadie que le abrazase por las noches ni por los días? Al carajo. ¿Yo? A tomarme un café de fiado en el bar de Carlos. Y todo ello con razón, admitía.