
De pie, esperando, quieta, con la cabeza altiva.
Sus ojos miraban el horizonte, le encantaba la línea que formaban el cielo y el mar al unirse en la infinidad. Y siguió esperando.
Su dedo ensangrentado y ligeramente hinchado le escocía un poco, notaba el latir del corazón en el propio dedo y un calor interno le recorría. Era su calor, pensaba. Ya no podrían volverse a reencontrar. Moriría aquel mismo atardecer. Y ella, ella no lo sabría hasta bien entrada la noche y, de cierta manera, era un alivio porque como siempre, ella seguiría esperando... esperando hasta el amanecer, esperando hasta que la tierra, el agua o el viento le avisaran de la tragedia y quizá entonces decidiese volar por el acantilado de los recuerdos, entrelazando así ambos destinos.